¿Podemos dejar de juzgar?



Uno de los valores más difíciles de aprender y poner en práctica es el RESPETO, que consiste en tener la capacidad de reconocer la dignidad y los límites del mundo particular del otro y abstenerse de agredirlos o traspasarlos.  

Y los límites pueden resultar confusos cuando existe de por medio el afecto; en el contexto de la amistad y de la convivencia, cuando se comparte genuinamente tiende a haber tal mezcla que luego no podemos saber qué es respeto, qué es prudencia, qué es solidaridad y qué puede llegar a ser intromisión. 

Sucede todo el tiempo, entre padres e hijos, entre cónyuges, entre maestros y alumnos, entre jefes y colaboradores, entre socios y amigos; se generan disgustos por juicios no pedidos, juicios mal expresados, juicios en momentos inadecuados y los más comunes, los juicios negativos, la descalificación, el señalamiento de lo que a otro le falta en vez de valorar lo que logra.  

Es como si culturalmente estuviéramos predispuestos a señalar las fallas y no los aciertos, nos fijamos en lo que se deja de hacer y no en lo que se está haciendo, caemos en la desvalorización y olvidamos la gratificación que hace que todo lo bueno se multiplique. 

Si tan sólo pudiéramos estar ahí, hacer presencia y compartir sin observar y sin juzgar, nos evitaríamos varios conflictos; aún con los más chicos, el deber de los adultos es guiar, orientar y actuar con respeto por ese ser que está tratando de expresarse; nuestra tarea es influir en el CÓMO sin interferir en el QUÉ. 

Cada cual tiene el privilegio de armar su mundo como quiera, en eso consiste la libertad; quizás podemos reformar un antiguo proverbio y ajustarlo para que pensemos desde otro lugar el valor del respeto: “No juzgues a los demás como no te gustaría que te juzguen a ti”.  

"El respeto mutuo implica la discreción 
y la reserva hasta en la ternura, 
y el cuidado de salvaguardar 
la mayor parte posible de libertad 
de aquellos con quienes se convive"
Henry F. Amiel
1821 - 1881
Escritor suizo