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viernes, 28 de julio de 2017

Ser observados



Así como cualquier experimento se afecta por el ojo del científico, los seres humanos nos transformamos según quién nos observa.

Resulta muy difícil desprendernos de la mirada ajena y ese es el punto crítico de los valores, porque el ser humano ante todo es una  criatura social que necesita de los demás para sobrevivir.

Aquellas personas que dicen que lo han logrado todo por su cuenta, claramente aún no son conscientes de que sobreviven gracias a un delicado engranaje en el que por todas partes está el trabajo y la dedicación de otros.

Tener agua, luz y otros servicios en casa sólo es posible gracias a que alguien en algún lado trabaja para nosotros, así reneguemos del costo, hay alguien al otro lado operando alguna máquina para que nosotros estemos disfrutando de algún servicio. 

Salir a la calle y poder transportarnos, bien, regular o mal, sólo es posible porque hay otros que trabajan para darnos combustible o manejar directamente un bus, un auto o un tren.

Por lo tanto, creer que estamos solos representa ya una falta de conciencia del mundo en el que estamos. Y no sólo estamos acompañados sino que estamos permanentemente observados, lo que dispara en nosotros otros sentimientos.

El niño actúa distinto cuando es observado y la mayoría de las veces solo busca reconocimiento, que alguien advierta que está ahí. En la etapa adulta sucede lo mismo pero el ego y el orgullo nos impide reconocerlo. 

El desequilibrio comienza cuando no reconocemos el valor de los demás o cuando le damos un valor exagerado, actuando para satisfacción de otros y no según lo dicte nuestro corazón.

Estar observados nos hace cambiar nuestro comportamiento pero los verdaderos valores son aquellos que mantenemos sin ser vistos, para satisfacción propia, para cultivar en nosotros lo que consideramos importante.

Actuar con honestidad o con generosidad sin ser vistos requiere de mucho trabajo interior pero constituye un camino cierto hacia la evolución.


"Si no tienes la libertad interior, 
¿que otra cosa esperas tener?
Arturo Graf
Escritor y poeta italiano
1848 - 1913








miércoles, 12 de julio de 2017

¿Para qué ser buenos?



La promesa de ir al cielo ya no parece atractiva para mucha gente; en el fondo ha prosperado la idea materialista de que se vive una sola vez y entonces hay que sobrevivir como sea, incluso pisando a los demás. 

La cultura del vivo parece imponerse en un mundo altamente competitivo e inescrupuloso y resulta muy complejo darle a alguien una razón contundente para ser bueno, si lo que interpreta es que eso significa ser tonto.

Los malos se hacen famosos, tienen poder y prestigio y de lejos parece que la pasan bien o al menos mejor que la inmensa mayoría.

¿Cuál es el argumento válido para decirle a un chico que hay que ser buena persona? En principio este es un concepto que se debe desarrollar a largo plazo y desde la más tierna edad pero sin las tradicionales manipulaciones como "Mamá o Papá no te quieren", "Mamá o Papá te van a castigar", es "Feo lo que haces" y sin perder el control para pasar a la violencia aplicando castigos físicos que lo único que siembran es terror y resentimiento.


Una vez más el ejemplo es la vía más clara para que niños y adolescentes tengan como costumbre tratar bien a otros sin necesidad de entrar en largos discursos morales que no van a atender ni entender.

Paralelo al ejemplo es indispensable transmitir el concepto de "causa y efecto"; "Si haces esto puede pasar aquello", sin entrar a descalificar o rotular a la persona sino a sus actos. Se vuelve urgente hacer que se tome conciencia desde muy pequeños de que todo lo que hacemos bueno o malo tiene consecuencias reales, no morales ni religiosas, que son rutas poco atractivas y de difícil asimilación para niños y jóvenes, especialmente en un época en la que por suerte se habla de Espiritualidad y de Educación Ciudadana.

Antiguamente nos trataban de convencer con argumentos que podían llegar a ser válidos cuando la religión y la moral tenían un lugar importante en nuestra cultura; en ese nivel tenemos frases como "Agradar a Dios", "Agradar a papá y mamá", "Merecer el amor de papá y mamá", "Que van a pensar de ti", y el incomprendido mensaje de "Ir al cielo".

Lo anterior choca con las contemporáneas pautas de crianza basadas en el respeto y la libertad, especialmente la libertad de conciencia, que uno pueda creer en lo que le resuene, no en lo que le impongan y que no trate de comprar amor y menos el de los padres.

Ser bueno te hace feliz, porque no vas a tener remordimientos, esos sentimientos de culpa y arrepentimiento que aparecen cuando sabes que has obrado mal.

Ser bueno te va a permitir dormir tranquilo, sin sobresaltos, sin esperar algún castigo, que de todas formas está grabado en lo profundo del inconsciente.

Ser bueno te traerá satisafcciones, especialmente en tu corazón, allí donde no te puedes engañar y tienes guardadas las acciones que hacen que te ames o te odies.

Ser bueno es una decisión personal que se asume cuando tenemos conciencia y voluntad para elegir en cada momento de la vida, depende de la evolución y las circunstancias de cada uno.

Adicionalmente, las recompensas por ser bueno si existen, simplemente llegan lento y en el momento menos pensado, porque el universo no se queda con nada y tarde o temprano nos devuelve lo que dimos.


"Jamás es perdido el bien que se hace"
Fenelón
Escritor y teólogo francés
1651 - 1715







viernes, 9 de junio de 2017

El rencor distorsiona los valores




Uno de los sentimientos más destructivos que experimenta el ser humano es el rencor; un profundo dolor emocional que surge cuando somos víctimas o creemos serlo.

Si no se reconoce y por lo tanto no se transforma adecuadamente, ese rencor, que es una energía negativa crece adentro y traspasa nuestro mundo personal para destruir el mundo de los demás, todo aquello que consideremos causante de nuestra desgracia. 

El rencor somete y a la vez hace que una persona sea manipulable y poderosa; muchas guerras se alimentan precisamente de eso, de sembrar rencor en campos preparados con fervor nacionalista o fundamentalismo religioso.

Y el rencor parece contagioso y hereditario, cuando no se transforma se propaga a todo un clan y puede pasar a las siguientes generaciones, a veces amplificado.

Es posible transformar el rencor y convertirlo en energía sanadora, pero hay que permitir que se exprese el dolor, que salga la ira y que el ser retorne humildemente a la aceptación de los hechos que se escapan a su control para entender que todos nos equivocamos y que formamos parte de un universo más grande y misterioso en el que la lógica no existe.

Gran parte del dolor frente a una situación de maltrato o desgracia proviene de creencias dañinas, como creer que Dios castiga en vez de asumir que hemos fallado y que todo lo que damos regresa, porque el universo no se queda con nada, todo lo devuelve. 

Preferimos culpar a Dios que hacer conciencia de nuestras fallas o de las fallas de nuestros antecesores, porque muchas veces no las conocemos, son cosas que se ocultan en las familias.

Si queremos cultivar nuestros valores y fomentar valores en los otros, entonces promovamos el perdón, la comprensión y la alineación con los planes divinos que no siempre resultan de nuestro agrado pero están ahí para que aprendamos alguna lección.


"No dejes que se muera el sol 
sin que hayan muerto tus rencores"
Mahatma Gandhi
Político y pensador de la India
1869 - 1948





domingo, 4 de junio de 2017

Purificar las intenciones



Todo lo que hacemos está marcado por algún tipo de interés, es perfectamente válido que esperemos algún tipo de beneficio por nuestras acciones, de eso está hecha la convivencia humana, del intercambio.

No obstante, cuando el corazón se contamina y creemos que el mundo a nuestro alrededor es hostil y que para sobrevivir es preciso ser astuto y ojalá más astuto que los otros, pervertimos la más poderosa de las herramientas: las intenciones.

¿Para qué hago esto? ¿Qué espero obtener de esto? ¿Qué quiero del otro? Es necesario tomar sólo un momento para pensar, encontrar la verdad adentro y rectificar el rumbo para quedarnos con aquellas intenciones puras, desprovistas de querer obtener alguna ventaja sobre el otro.

Y aplica también para las acciones con nosotros mismos y para decisiones grandes y pequeñas: ¿Para qué estoy llamando a esta persona? ¿La quiero saludar para saber cómo está o porque necesito algo de ella?¿Para qué quiero obtener ese empleo o ese título, para satisfacer mi vanidad? ¿Para qué me quiero casar? ¿Realmente amo a esta persona y la valoro o me da miedo la soledad?

La meditación sirve para que podamos aclarar todas nuestras intenciones y reconfigurar nuestra motivación interna hasta quedarnos con aquello que conduzca al equilibrio, a buscar el beneficio propio sin usar a nadie, a experimentar la gratificación de hacer y dar por ver feliz al otro sin perder la dignidad propia.

Una vez purificadas las intenciones frente a los grandes temas que impactan en nuestra vida, lo que sigue es desarrollar un protocolo personal, una ruta de verificación automática del para qué y el por qué de cada acción; esa es una forma de garantizar que por lo menos buscamos el equilibrio, que no nos mueve el deseo de sobrepasar al otro, de aprovecharnos del otro ni el de convertirnos en víctima o proveedor permanente de otro para suplir nuestras carencias afectivas o alimentar la vanidad.

Y no hace falta entrar en la discusión de si las intenciones son buenas o malas porque siempre encontraremos justificación para afirmar que son buenas, el punto es la pureza de la intención y estar conscientes de lo que queremos con cada acción, porque así mismo serán los resultados. 

Una mala acción hecha con buenas intenciones no tiene efecto, es un error que la naturaleza deja pasar, mientras que una buena acción hecha con mala intención tiene toda la fuerza destructiva.

El corazón siempre avisa cuando las intenciones no son puras y el universo se manifiesta cuando son malas; el recurso que nos queda es la plena conciencia de nuestros actos y la sinceridad interior.

"Ante el trono del Todopoderoso, 
el hombre no será juzgado por sus acciones 
sino por sus intenciones"
Mahatma Gandhi
1869 - 1948
Político y pensador de la India









miércoles, 24 de mayo de 2017

¿Podemos dejar de juzgar?



Uno de los valores más difíciles de aprender y poner en práctica es el RESPETO, que consiste en tener la capacidad de reconocer la dignidad y los límites del mundo particular del otro y abstenerse de agredirlos o traspasarlos.  

Y los límites pueden resultar confusos cuando existe de por medio el afecto; en el contexto de la amistad y de la convivencia, cuando se comparte genuinamente tiende a haber tal mezcla que luego no podemos saber qué es respeto, qué es prudencia, qué es solidaridad y qué puede llegar a ser intromisión. 

Sucede todo el tiempo, entre padres e hijos, entre cónyuges, entre maestros y alumnos, entre jefes y colaboradores, entre socios y amigos; se generan disgustos por juicios no pedidos, juicios mal expresados, juicios en momentos inadecuados y los más comunes, los juicios negativos, la descalificación, el señalamiento de lo que a otro le falta en vez de valorar lo que logra.  

Es como si culturalmente estuviéramos predispuestos a señalar las fallas y no los aciertos, nos fijamos en lo que se deja de hacer y no en lo que se está haciendo, caemos en la desvalorización y olvidamos la gratificación que hace que todo lo bueno se multiplique. 

Si tan sólo pudiéramos estar ahí, hacer presencia y compartir sin observar y sin juzgar, nos evitaríamos varios conflictos; aún con los más chicos, el deber de los adultos es guiar, orientar y actuar con respeto por ese ser que está tratando de expresarse; nuestra tarea es influir en el CÓMO sin interferir en el QUÉ. 

Cada cual tiene el privilegio de armar su mundo como quiera, en eso consiste la libertad; quizás podemos reformar un antiguo proverbio y ajustarlo para que pensemos desde otro lugar el valor del respeto: “No juzgues a los demás como no te gustaría que te juzguen a ti”.  

"El respeto mutuo implica la discreción 
y la reserva hasta en la ternura, 
y el cuidado de salvaguardar 
la mayor parte posible de libertad 
de aquellos con quienes se convive"
Henry F. Amiel
1821 - 1881
Escritor suizo

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