viernes, 9 de junio de 2017

El rencor distorsiona los valores




Uno de los sentimientos más destructivos que experimenta el ser humano es el rencor; un profundo dolor emocional que surge cuando somos víctimas o creemos serlo.

Si no se reconoce y por lo tanto no se transforma adecuadamente, ese rencor, que es una energía negativa crece adentro y traspasa nuestro mundo personal para destruir el mundo de los demás, todo aquello que consideremos causante de nuestra desgracia. 

El rencor somete y a la vez hace que una persona sea manipulable y poderosa; muchas guerras se alimentan precisamente de eso, de sembrar rencor en campos preparados con fervor nacionalista o fundamentalismo religioso.

Y el rencor parece contagioso y hereditario, cuando no se transforma se propaga a todo un clan y puede pasar a las siguientes generaciones, a veces amplificado.

Es posible transformar el rencor y convertirlo en energía sanadora, pero hay que permitir que se exprese el dolor, que salga la ira y que el ser retorne humildemente a la aceptación de los hechos que se escapan a su control para entender que todos nos equivocamos y que formamos parte de un universo más grande y misterioso en el que la lógica no existe.

Gran parte del dolor frente a una situación de maltrato o desgracia proviene de creencias dañinas, como creer que Dios castiga en vez de asumir que hemos fallado y que todo lo que damos regresa, porque el universo no se queda con nada, todo lo devuelve. 

Preferimos culpar a Dios que hacer conciencia de nuestras fallas o de las fallas de nuestros antecesores, porque muchas veces no las conocemos, son cosas que se ocultan en las familias.

Si queremos cultivar nuestros valores y fomentar valores en los otros, entonces promovamos el perdón, la comprensión y la alineación con los planes divinos que no siempre resultan de nuestro agrado pero están ahí para que aprendamos alguna lección.


"No dejes que se muera el sol 
sin que hayan muerto tus rencores"
Mahatma Gandhi
Político y pensador de la India
1869 - 1948





domingo, 4 de junio de 2017

Purificar las intenciones



Todo lo que hacemos está marcado por algún tipo de interés, es perfectamente válido que esperemos algún tipo de beneficio por nuestras acciones, de eso está hecha la convivencia humana, del intercambio.

No obstante, cuando el corazón se contamina y creemos que el mundo a nuestro alrededor es hostil y que para sobrevivir es preciso ser astuto y ojalá más astuto que los otros, pervertimos la más poderosa de las herramientas: las intenciones.

¿Para qué hago esto? ¿Qué espero obtener de esto? ¿Qué quiero del otro? Es necesario tomar sólo un momento para pensar, encontrar la verdad adentro y rectificar el rumbo para quedarnos con aquellas intenciones puras, desprovistas de querer obtener alguna ventaja sobre el otro.

Y aplica también para las acciones con nosotros mismos y para decisiones grandes y pequeñas: ¿Para qué estoy llamando a esta persona? ¿La quiero saludar para saber cómo está o porque necesito algo de ella?¿Para qué quiero obtener ese empleo o ese título, para satisfacer mi vanidad? ¿Para qué me quiero casar? ¿Realmente amo a esta persona y la valoro o me da miedo la soledad?

La meditación sirve para que podamos aclarar todas nuestras intenciones y reconfigurar nuestra motivación interna hasta quedarnos con aquello que conduzca al equilibrio, a buscar el beneficio propio sin usar a nadie, a experimentar la gratificación de hacer y dar por ver feliz al otro sin perder la dignidad propia.

Una vez purificadas las intenciones frente a los grandes temas que impactan en nuestra vida, lo que sigue es desarrollar un protocolo personal, una ruta de verificación automática del para qué y el por qué de cada acción; esa es una forma de garantizar que por lo menos buscamos el equilibrio, que no nos mueve el deseo de sobrepasar al otro, de aprovecharnos del otro ni el de convertirnos en víctima o proveedor permanente de otro para suplir nuestras carencias afectivas o alimentar la vanidad.

Y no hace falta entrar en la discusión de si las intenciones son buenas o malas porque siempre encontraremos justificación para afirmar que son buenas, el punto es la pureza de la intención y estar conscientes de lo que queremos con cada acción, porque así mismo serán los resultados. 

Una mala acción hecha con buenas intenciones no tiene efecto, es un error que la naturaleza deja pasar, mientras que una buena acción hecha con mala intención tiene toda la fuerza destructiva.

El corazón siempre avisa cuando las intenciones no son puras y el universo se manifiesta cuando son malas; el recurso que nos queda es la plena conciencia de nuestros actos y la sinceridad interior.

"Ante el trono del Todopoderoso, 
el hombre no será juzgado por sus acciones 
sino por sus intenciones"
Mahatma Gandhi
1869 - 1948
Político y pensador de la India









miércoles, 24 de mayo de 2017

¿Podemos dejar de juzgar?



Uno de los valores más difíciles de aprender y poner en práctica es el RESPETO, que consiste en tener la capacidad de reconocer la dignidad y los límites del mundo particular del otro y abstenerse de agredirlos o traspasarlos.  

Y los límites pueden resultar confusos cuando existe de por medio el afecto; en el contexto de la amistad y de la convivencia, cuando se comparte genuinamente tiende a haber tal mezcla que luego no podemos saber qué es respeto, qué es prudencia, qué es solidaridad y qué puede llegar a ser intromisión. 

Sucede todo el tiempo, entre padres e hijos, entre cónyuges, entre maestros y alumnos, entre jefes y colaboradores, entre socios y amigos; se generan disgustos por juicios no pedidos, juicios mal expresados, juicios en momentos inadecuados y los más comunes, los juicios negativos, la descalificación, el señalamiento de lo que a otro le falta en vez de valorar lo que logra.  

Es como si culturalmente estuviéramos predispuestos a señalar las fallas y no los aciertos, nos fijamos en lo que se deja de hacer y no en lo que se está haciendo, caemos en la desvalorización y olvidamos la gratificación que hace que todo lo bueno se multiplique. 

Si tan sólo pudiéramos estar ahí, hacer presencia y compartir sin observar y sin juzgar, nos evitaríamos varios conflictos; aún con los más chicos, el deber de los adultos es guiar, orientar y actuar con respeto por ese ser que está tratando de expresarse; nuestra tarea es influir en el CÓMO sin interferir en el QUÉ. 

Cada cual tiene el privilegio de armar su mundo como quiera, en eso consiste la libertad; quizás podemos reformar un antiguo proverbio y ajustarlo para que pensemos desde otro lugar el valor del respeto: “No juzgues a los demás como no te gustaría que te juzguen a ti”.  

"El respeto mutuo implica la discreción 
y la reserva hasta en la ternura, 
y el cuidado de salvaguardar 
la mayor parte posible de libertad 
de aquellos con quienes se convive"
Henry F. Amiel
1821 - 1881
Escritor suizo

viernes, 19 de mayo de 2017

El valor de la independencia




Estar sometido a otro o a una situación genera en el ser humano tristeza porque en el fondo se sufre por la pérdida de un valor fundamental: libertad. 

Sin embargo, el ser humano es dependiente por naturaleza, desde que nace hasta que muere necesita de los demás para subsistir física y emocionalmente. El orgullo y la vanidad impiden que reconozcamos cuánto dependemos de otros para sobrevivir pero así mismo el universo se encarga de recordárnoslo de diversas maneras. 

Y en la dependencia también hay escalas, en lo más bajo está la sumisión y en lo más alto, la dominación; el que mantiene la dependencia y el que quiere seguir dependiendo, el controlador y el controlado, el que se abandona a sí mismo y cede al control de otro. Hasta que llegamos a tener conciencia de nosotros mismos, estamos completamente en manos de quienes ejercen el control, hay quienes se liberan más rápido, los que nunca se enteran y otros que se enteran pero el miedo o la comodidad los lleva a permanecer en manos de quien está a cargo.

¿Cuál es el punto medio de la dependencia? La felicidad. Cualquier indicio de sufrimiento, dolor e indignación, pueden estar mostrando que no hay libertad y que por lo tanto se está en una dependencia malsana que además genera rencor, rabia y resentimiento. 

En el contexto de la convivencia humana la plena independencia no existe, en la práctica somos interdependientes y ojalá podamos ser amorosamente interdependientes para dar y recibir con generosidad y verdadero respeto por la dignidad del otro.

“La independencia siempre fue mi deseo;
la dependencia siempre fue mi destino”
Paul Verlaine
poeta francés
1844 - 1895


sábado, 25 de marzo de 2017

La mujer y los valores



La mujer, por su rol biológico y por su naturaleza de cuidadora es quien permanece más tiempo en contacto con bebés, infantes y adolescentes.

Se dice "lengua materna", porque entre el nuevo ser y la madre se establece un lenguaje único, que va más allá del significado de las palabras, ante todo se transmite un tono, un acento, una intención y como mensaje central, una emoción.


Como madres, abuelas, maestras, enfermeras, médicas y tantos roles y profesiones que ubican a la mujer cerca de niños y adolescentes, somos también las que vamos señalando con un gesto, con una mirada o con un largo discurso, aquello que está bien o está mal.


¿Y qué pasa si el emisor del mensaje está desconfigurado? ¿Puede una mujer que está emocionalmente afectada ser un faro cierto para su hijo, su alumno o su paciente?


Con tantas responsabilidades que nos gusta cargar, la mayoría de las veces estamos superadas, pero nuestra voz nos delata y terminamos gritando por cosas que no son trascendentes.


Obsesionadas con el orden, la limpieza, el cumplimiento de planes, horarios y compromisos de toda índole, sin darnos cuenta nos vamos convirtiendo en una especie de dictadoras del ambiente en el que ejercemos poder, sea el hogar, el aula, la oficina o el consultorio.


Y terminamos enviando mensajes contradictorios, por un lado pedimos respeto a los demás, pero por otro gritamos o actuamos con violencia a la hora de pedir algo o expresar nuestras inconformidades.


La mujer entró en la danza del dinero y en la competencia laboral; los hijos han pasado a otro nivel de prioridad y se les dedica poco tiempo y sobre todo paciencia para acompañarlos a crecer.


Al final de la jornada aparece el conflicto interno, entre nuestra verdadera naturaleza de seres dulces y cariñosos y la máquina de trabajar y limpiar que activamos desde muy temprano.


Para transmitir valores se necesita tiempo y sentido crítico, para vernos de lejos y mirar cómo lo hacemos, porque no podemos darle un discurso a un bebé ni darle un sermón a un adolescente, aunque en el fondo los dos piden lo mismo: amor, atención, escucha y sobre todo, límites y ejemplo.


Las mujeres somos las transmisoras naturales de valores; ningún ser humano por grande que sea olvida las enseñanzas de una madre o de una maestra, sean positivas o negativas. 


Más vale entonces que hagamos un pare y tengamos claro cuáles valores y cómo los estamos transmitiendo.



"Educas a un hombre 
y educas a un hombre. 
Educas a una mujer 
y educas a una generación"
Brigham Young


sábado, 18 de febrero de 2017

Cada dificultad, un valor para aprender...



Dice un proverbio chino: "No hay árbol que no haya sido sacudido por el viento", y es cierto, todos afrontamos dificultades, unas más complicadas que otras, pero todas dejan alguna lección, un valor para aprender.

Y entre más rápido entendemos qué es lo que nos está enseñando la vida y decidimos realmente poner en práctica el mensaje, mejor superamos los obstáculos.

Si bien la definición de los valores es importante, interiorizar los conceptos es un proceso complejo, por ejemplo la paciencia y la templanza sólo se aprenden cuando pasamos por una experiencia que nos exige saber esperar y resistir, hasta que pase el temporal.

De ahí la importancia de los principios, que son la base de los valores; si no existe el amor, que es el fundamento de todos los valores, difícilmente vamos a resistir con alegría y esperanza, porque los valores se entrecruzan, tanto como uno necesite.

Así, la paciencia por sí sola no tiene valor a menos que tengamos un objetivo claro, que estemos construyendo algo positivo para nuestra vida, de lo contrario será "aguante" que tiene su tono negativo, es una resistencia inútil, porque no sabemos para qué estamos gastando nuestro esfuerzo.

Mirar más allá de las dificultades y entender el valor que nos traen, alivia, reconforta y nos renueva otro principio: FE, que consiste en creer, tener la certeza.

¿Cuál valor te está mostrando la piedra del camino?





"Me lo contaron y lo olvidé, 
lo vi y lo entendí; 
lo hice y lo aprendí."
Confucio
Filósofo chino
551 - 478 AC

jueves, 5 de enero de 2017

La medida de los valores



Los valores como todo en la vida, son relativos y deben practicarse en su justa medida, porque los valores están muy conectados con nuestro bienestar.

El indicador más claro de que estás practicando un valor en exceso o te estás quedando corto es el SUFRIMIENTO. Si sufres y te quejas ante una responsabilidad, entonces hay que revisar si es que verdaderamente no te corresponde. Si sufres por no decir lo que piensas, puede ser un exceso de prudencia y consideración con el otro, que a la larga terminará enfermándote. Si eres el "héroe" de la familia y siempre sales al rescate a lo mejor estás buscando reconocimiento, aunque te engañes porque te reconocen como solidario.

Cuando una persona dice que es "muy" responsable, probablemente se hace cargo de cosas que no le corresponden a veces para remediar una culpa o para generar alguna; y cuando dice que es "muy" sincera, puede ser que se escude en esa supuesta virtud para herir a los demás porque en el fondo guarda un resentimiento. 

Detrás de cada exceso o defecto en los valores existe una carencia afectiva, aunque toma tiempo detectarla, asumirla y trabajarla a conciencia.

Además de saber la medida precisa de un valor, es muy importante saberlos combinar, por ejemplo a la sinceridad agregarle prudencia y caridad, para no lastimar con verdades que no hacen bien.

Los grandes dilemas morales de la vida cotidiana pasan por no saber practicar los valores en las dosis adecuadas y por no tener en cuenta que nadie es honesto o responsable, simplemente actúa con mucha o poca honestidad y con mucha o poca responsabilidad ante determinadas situaciones.

De ahí se deriva otro factor crítico y es el juicio ajeno, porque para los demás uno "debería" haber hecho tal o cual y siempre habrá quejas porque hizo poco o porque hizo mucho.

¿Cuál es entonces la medida precisa de los valores? Lo que te indique tu corazón, ese infalible detector de mentiras que tenemos los seres humanos. 

El corazón no miente, así que manos a la obra a evaluar y admitir cómo te sientes frente a la responsabilidad, la generosidad, la sinceridad, el respeto y otros valores que sientes que estás practicando más de lo que deberías o menos de lo que quisieras. 

Si el problema es exceso de responsabilidad y estás sobrecargado con deberes ajenos, pues a liberarte de lo que no te corresponde; recuerda mezclar un poco de prudencia y mucho humor para que el traspaso de compromisos sea bonito.

Es relativamente fácil determinar cuáles valores son los que necesitamos y en qué medida debemos practicarlos, sólo basta observar el estado de ánimo propio y el de quienes comparten nuestra vida. Si nos estamos sobrepasando con la "sinceridad" y todo el tiempo le cantamos las verdades a los demás, quizás ya no tienen ganas de escucharnos; si estamos asumiendo las responsabilidades sin seriedad, probablemente hay alguien enojado con nosotros.

Cualquier valor que se tome en exceso o por defecto, se convierte en anti-valor; mucha responsabilidad puede llega a ser totalitarismo, poca responsabilidad abandono, mucha sinceridad puede ser crueldad, baja sinceridad hipocresía.

Hasta la bondad practicada en exceso se puede convertir en tontería y caemos redondos en la manipulación ajena.

Los valores ante todo deben servir para la felicidad y cuando se practican en equilibrio traen grandes recompensas, la más importante, un corazón contento.

"La mucha luz es como la mucha sombra: 
no deja ver".
Octavio Paz
Poeta y ensayista mexicano
1914 - 1998





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